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Una comida con Ilse


Manuel López Michelone


El otro día comí con Ilse (ex-cantante de Flans y fantástica amiga). La mujer en
cuestión es, sin duda, divina y se ha ganado mi aprecio por múltiples detalles.
Es absolutamente fuera de serie, la dama de pensamientos de la que habla Juan
José Arreola. En esa comida se mencionó el tema de la inteligencia artificial.
Ilse me inquiría sobre si realmente las máquinas llegarían a producir algo que
realmente representara el pomposo nombre de inteligencia artificial (IA), el
cual -creo yo- le ha hecho más daños que beneficios a esta joven ciencia de la
computación.

Le dije que lo dudaba. Que desde mi reducto la IA está rodeada de un halo de
fantasía y ficción. Los pocos proyectos de gran éxito (máquinas que juegan al
ajedrez) han probado que ciertos problemas se pueden atacar y resolver
satisfactoriamente. Cuando, por ejemplo, una computadora encuentra mediante un
sistema experto un depósito de molibdeno de no sé cuántos millones de dólares
(tan sólo inspeccionando datos geológicos) entonces se grita que ahora sí,
tenemos a un experto mecanizado y que los seres humanos terminarán por
convertirse en máquinas que operan las máquinas que harán la tarea de pensar por
nosotros. Pero ese optimismo desmedido de los promotores de la IA y la falta de
una autocrítica seria ha pesado en el balance final: ésta es la ciencia de las
promesas fallidas que algún día -dicen ellos- se resolverán.

Pero además, Ilse me hacía preguntas de difícil solución: ¿Cómo saber si un
programa discurre o no? ¿De qué depende que algo contenga inteligencia, aunque
sea artificial? Todo parece que se resuelve con la prueba de Turing -comenté- la
cual consiste en colocar a una persona frente a una terminal y pedirle que se
enlace a otra localizada en un lugar remoto. Quien se comunica puede hacer
peticiones, en español, a lo que se encuentre en la otra terminal. Por ejemplo,
podría pedirle que compusiera un poema. Si se nos responde con algo como: soy
muy malo para la poesía, podríamos suponer que nos enfrentamos a otro ser
humano. En la prueba de Turing, se vale todo tipo de preguntas. La idea es
averiguar si se trata de una computadora quien responde, o bien un ser humano. A
nuestro alcance sólo está la información que llega desde la terminal remota. Si
concluimos que del otro lado está un ser humano cuando en realidad es un
programa de computadora, podemos afirmar, según el mismísimo Turing, que la
máquina piensa.

¿Eso quiere decir que se puede mecanizar el razonamiento?, preguntaba Ilse
interesada. No lo sé, dije, aunque quienes dedican sus esfuerzos en estas
investigaciones están convencidos que no hay nada que no pueda ser traducido a
un mecanismo, a un algoritmo. La dificultad primordial reside en que para meter
en un engranaje el discurrir, tenemos que entender primero cómo le hace el
cerebro humano. Mientras se ignore como funciona esa caja negra que es el
cerebro, probablemente las investigaciones topen con pared.

Pero quizás parte de lo que llamamos inteligencia sea la capacidad de retención
-decía Ilse con la chispa que la caracteriza-, es decir, la posibilidad de
llevar un enorme banco de información que ninguna computadora a la fecha puede
tener. Otra pregunta difícil sin duda, meditaba mientras intentaba armar una
respuesta. No hay duda -comenté- que lo que nos permite cierta inteligencia es
la capacidad de utilizar información para inferir conclusiones sobre el problema
que estemos tratando. En ese momento, Ilse interrumpió: entonces algo más
importante debe ser -me dijo- la capacidad para olvidar. Esto es, poder desechar
lo irrelevante de lo relevante de tajo, para así resolver algún problema. Ahora
es claro porqué un experto humano en algún tema, mientras más datos tiene sobre
un problema, más rápido llega a una solución. La computadora, cuanto mayor es el
número de datos a procesar, más se tarda ¿verdad?

Claro -dije- porque la computadora no sabe diferenciar lo baladí de lo
importante. La máquina no conoce cómo discriminar los datos de valor. Cuando
aprendamos cómo enseñar a olvidar a la computadora, lo cual es la piedra de
toque, entonces seguramente estaremos en el derrotero correcto.

La plática nos había llevado, sin querer, a puntos claves en este asunto de la
IA. Pero en ese momento, Ilse vio su reloj y me insinuó que había que irse. Nos
levantamos y ya salíamos del restaurante cuando le dije: espérame, que se nos
olvida pagar.


morsa@virtualia.com.mx